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Artículos de opinión

A la casi-mujer de mi vida

Pudiste ser la mujer de mi vida.
Empiezo diciendo esto ahora que ya se, que nunca lo serás. Que tenías todo para serlo, que te di todo para no hacerlo, y has acabado por marcharte.

Tengo que decir que los mayas acertaron en todas sus predicciones, que no era el final del todo sino el principio del fin, es decir, nuestro propio fin del mundo.

Se que eres tu, que irremediablemente tenias que ser tu. Y ahora te has convertido en todos y cada uno de mis miedos, en la noche más oscura de Madrid, en nuestro propio atardecer en Libia, o en París, pero esta vez sin ti.

Sin ti, como el café a medias sobre la cama de cada mañana, el cargado a besos justo después de la comida,  o el entero de poesía durante toda la puta noche.

y aun así, mis ganas por besarte, siguen en huelga de hambre dentro de mi estomago, y me piden que vuelva a empeñar mi orgullo, solo por un poco, del todo que perdí contigo. 

Y no debo decirlo, pero tu pecho era mi alcoba donde pasar esos perfectos días de lluvia. Donde juntos tocábamos el agua del cristal hacia tus piernas, hasta que se perdía en mi cama, bajo un falso pretexto de poesía.

Pero ahora mírame.

Has pasado de mis sueños a mis ojeras, y has hecho una cuna a medida, para mecerte en ellas.
Incluso las peores noches cuando parece que te he olvidado, te cuelgas de la luna solo para llamar mi atención, y yo me quedo embobado como un niño, empatando a 0, una partida contra mi propio insomnio.

Tu que pudiste ser la mujer de mi vida, que te ofrecí amar, y de paso ser amada. Que te pedí que te sentaras en el rincón de nuestra playa más perdida, para ver en primera fila todos y cada uno de mis besos.

Y a ti como al pájaro enjaulado, esto siempre te pareció una terrible enfermedad.




Soneto a un perdón.

No quiero ser un músico rodeado de mujeres.
Ni tampoco escritor, derramando lágrimas en papeles.
Solo quiero ser poesía de musas en andenes.
No llorar privado en privados de burdeles.

Siempre preferí el odio en dosis de tus besos,
que los besos de amor sin consecuencias.
No busco alguien perfecto que me ofrezca reverencia,
si un amor que rompa y cure, todos mis huesos.

Estoy cansado de perder, de escribir siempre lo mismo. 
Quizás no sea ganar lo que pido a mis fantasmas.
Que no vuelvan tus besos, pido un cargado de realismo.

Suena poesía de lluvia, y tus promesas huelen a tierra.
Vienes a buscarme, pero me hago el sordo en mi trinchera.
Supongo que un perdón nunca puso fin a todo una guerra.










Microcuento V

&

Ella me dijo, quiero hacerte el
amor como nunca te lo ha hecho nadie.
Lo que nunca pensé,
es que ella no hablaba de sexo...



&



Has pasado de ser mi sueño a mis ojeras,
Y has hecho una cuna para
mecerte en ellas.



&



Le dije hazme el amor, pero ella
quiso hacerme el odio.
Es curioso, por que a partir de entonces
y sin ningún motivo,
yo la amé y ella me odió hasta hacerme polvo,
y como no me habían follado nunca


&


Nunca me gustó el juego.
Aun así aposté que te iba a perder,
y doblé mi apuesta en otras camas.


&


Me atravesaron el corazón de lado a lado.
lo siento.
Ahora solo te puedo ofrecer
ser el menor de mis problemas.



&





El día que pude ver un hombre invisible.



Era una de las más frías mañanas de diciembre,
cuando congelado caminaba por el centro
de Córdoba, hasta que lo vi.


Era una de esas personas invisibles.
Apoyado contra la pared con un viejo abrigo,
y unos pantalones algunas tallas más pequeñas.


Sus pies descalzos tocaban directamente el suelo,
y junto a ellos un pequeño cartel de cartón, cargado
del realismo poético más trágico.


Temblando con mucho más frió que vergüenza,
 veía como la gente se limitaba a pasar a su lado con las prisas
 típicas de la ciudad, y la apatía del hombre moderno.


Desde lejos saque mi cartera para rascar algunas monedas,
me quité los calcetines sin que nadie me viera,
y me acerque para dárselos a aquel hombre invisible


Me acerque a el y la gente me veía hablar solo.
Le pregunté si tenía frió y le ofrecí mis calcetines.
Me dijo que si y apenas sin mirarme, los cogió.


Para despedirme, puse mi mano sobre su hombro,
le dejé algunas monedas y me marché,
mientras todo el mundo me miraban como a un loco.


Aquel día yo pude hablar y ver a un hombre invisible.
Ah y por cierto,
a partir de entonces ya nunca más he vuelto a sentir frió.













Microcuentos IV


&



La noche huele a ti.
Las sabanas huelen a ti.
El lado de tu cama, el vació de mi pecho, la poesía a medias...
Se podría decir que la ausencia lleva puesto tu perfume.



&


Somos el café a medias por la mañana,
el cortado a besos de la tarde, y el
entero de poesía durante toda la noche...




&


A día de hoy puedo decir.
Que prefiero tropezar dos veces con la misma piedra,
antes que no encontrármela por el camino.



&


No hay mayor impotencia,
que alguien se muera,
y le odies a el por irse.


&


Cariño
esta noche
pide en esa cama una mesa para dos.



&




Por eso que se hace llamar España.

Por todos aquellos que murieron, y por los que vivieron 
viendo como moría su libertad.
 Por los que se fueron, y por los que se quedaron aquí
pero sin perder de vista el mar.


Por los artistas que llenaron sus bolsillos de nuestra arena,
y tuvieron  que dejar su tierra.
Y como no, por el pueblo Sudamericano que nos dejo entrar,
después de tanto y a pesar de todo.


Por la muerte de Lorca, por el exilio de Machado, por Alberti
y por mi abuelo, que perdió a su padre.
Por los que murieron con un nombre, y por aquellos que descansan
en fosas tan comunes, que ni siquiera tienen uno.


Por los caídos sin valle, los sublevados sin armas, por la república
que perdimos y por nosotros, los que la seguimos esperando.
Por todos los que se opusieron y se condenaron a la muerte, y
por quienes no lo hicieron, y se condenaron a la vida.


Escribo por todos ellos que sin conocerlos los siento cerca.
Ni por España, ni su bandera ni por su himno. 
Pero escribo, y escribo por ellos que fueron y son mi patria,
y lo siento pero mi patria solo existe, donde abarca mis manos.







Un terrible accidente.


Ven,

Has llegado justo a tiempo.
Es la hora de que tus labios
choquen con los míos.


Y provoquen el accidente
más terrible que puede
ocurrir en estas sabanas











Hasta siempre. 9- 12- 2015.

Te fuiste, no te despediste, te marchaste...
Demasiados tiempos verbales en pasado para un dolor tan presente.

El puto cáncer se hizo con tu cuerpo, e hizo metástasis en todas las personas de tu alrededor. Me intento imaginar el dolor de tu madre, novia, hermana. Creo que es imposible.

No nos dijiste que tenías cáncer. Te odie al enterarme tan tarde aunque ahora te lo agradezco, no se que palabras hubieran salido de mi boca, y menos que cara te hubiera puesto al verte ese mismo día. Por que tu lo sabes, hubiera cogido el primer tren que me llevara a Madrid.

Por aquí todo sigue igual, Seguimos hablando todos de ti. Sigues estando presente en muchos aspectos de nuestra vida.

Es curioso ya no estás pero sigo hablándote en presente. Tú me ayudaste a empezar en esto, los dos nos reíamos sobre el título de mi libro, hablábamos de volver a viajar todos juntos este verano. Hasta bromeamos con la muerte hace tan solo 3 meses cuando ya tenías el cáncer, pero nadie te lo había dicho.

Tampoco he querido hablar con tu novia, supongo que estará destrozada mucho peor que yo.Y yo en su lugar me gustaría que me dejaran solo,

Te llevas muchas cosas de este mundo, casi tantas como las que dejas. Medio corazón de tu madre, la mitad de tu novia, media vida de tu familia, tu vida entera y la despedida que nos debes.

Pero bueno, 
Aquí tienes mi pequeña y a destiempo despedida.

DEP.















Asquerosamente bonito.

Te pedí que amases la noche, tanto como las noches parecen amarme a mi. Nosotros que hemos susurrado te quieros en pensiones sin ventanas, y hemos follado a gritos en hoteles de cinco estrellas.

Llegue aprenderte tanto y tanto de memoria, que solo con ver como te mordías el labio, me bastaba para buscar cualquier excusa y cogerte de la mano para llevarte exactamente al lugar que estabas pensando.

¿Te acuerdas? Aquel día que vimos el amanecer en aquella playa desierta, y lo apagamos de un chasquido solo para follar bajo la luna. Aquella noche tú gritabas más que de costumbre, y todas las estrellas se sentaron en primera fila solo para escucharte. Hasta que te corriste, justo al mismo tiempo que todas ellas corrían sin control por todo el cielo, y solo para que tú y yo las ordenásemos despacito con los dedos.

Tú y yo, que hemos llorado de más, hemos reído de más, y hemos acabado haciendo polvo nuestro reloj de arena, para poder follar de más y detener el tiempo.

Brindo por todo lo que nos prohibieron y sin saberlo nos estaban invitando a hacerlo. Por las veces que nos han pillado follando en bares, o por las veces que sabíamos que nos iban a pillar, pero nos daba exactamente igual.

Y tú lo sabes, no hay nada más prohibido que el buen arte, por eso siempre me gustó ser lienzo, y que fueses tú, la que tatuara en mi espalda el recorrido de todos y cada uno de tus orgasmos. Y yo mientras te dejaba mi sangre debajo de las uñas, por si te olvidabas que los demonios también sangran.



¿Qué como soy?

De esos que ama a los animales, pero
odia los zoológicos.
De los que busca una princesa, mientras
espera la República.


Ese que sin besarte ya sabía que
 acabaría repitiendo.
Y ese que sin jugar, ya sabía que 
acabaría perdiendo.


Soy de esos que ama el rugir de 
los tanques si son de cerveza.
Y que defiende las guerras más 
intensas si son en tus sábanas.


Ese que le encantan ver tus uñas pintar
poesía por mi espalda.
Y de paso, escribir algún que otro
verso por tus pechos.


De esos que están repletos de defectos, 
pero sin ningún complejo.
Y aveces, con algún que otro complejo,
 pero sin ningún defecto.


Soy aquel que siempre ha pensado que 
los buenos eran los Indios.
Y que tus Vaqueros, como mejor te quedan son
quitados, y en el suelo de mi cuarto.













Nuestro precioso Infierno

Me enamoré de su oscuridad y ella de mis demonios. Eramos el infierno perfecto.

Cada noche le pedía una última vez, le pedía que me mintiese otra noche más y que despertara entre mis brazos una última mañana. 

Juntos mirábamos al cielo, y desde un principio nos dimos cuenta que la luna ya estaba llena de miradas, que un día se perdieron buscando una respuesta.

Por eso evitábamos hablar de un nosotros, de un mañana juntos, simplemente moríamos en preguntas sin contestar, en promesas no cumplidas, en historias sin finales.

Insistíamos en mentirnos antes del final indiscutible, un final que quizás nunca tuvo que empezar, pero que una vez que lo hizo ya era imposible detener. Y así fue, se prolongó de manera estúpida durante meses, alargando un preludio que los demás conocían como "te lo dije" una historia que terminaba a nuestra manera de una forma tan irracional como irracional fue su comienzo.

Hoy hace dos meses que no se nada de ella, supongo que personas como nosotros jamás tuvieron que encontrarse, aunque quizás precisamente estábamos destinado a eso, a encontrarnos para luego perdernos y nuestro problema fue saberlo desde el principio.

Ella desapareció de mi vida como desaparecen las personas que hacen más daño, sin ruido, sin dramas, sin llantos. Simplemente con una última mirada que se pierde entre los coches y dejando ante su paso un rastro de dolor y tristeza mezclado con una dosis implacable de melancolía. 

Aun así hoy sonrió porque me enamoré de su oscuridad y ella de mis demonios y como tal supimos bailar en el infierno sin buscar ese típico final feliz, sino esa necesaria bonita historia.






                                                                                                                         Twitter @CarlosCaballe37

Me declaro en contra. (por Andrea Millán)

Me declaro en contra de la violencia, del terrorismo, de la guerra.

En contra de la venganza, del ojo por ojo, y del "yo la tengo más grande". 

Me declaro en contra de las fronteras, de las pateras, de los prejuicios.

En contra de las armas, de las mentiras, y las promesas sin cumplir. Estoy en contra de la corrupción, de la pobreza, de los niños que se mueren de hambre de la impotencia de sus padres, del agua no potable.

En contra de aquel que se cree con derecho a decidir sobre la vida de otro.
Porque me declaro a favor de la vida, de los besos a traición, y las sonrisas sinceras.

A favor de los músicos del metro, los artistas de las ramblas, de los poemas en la piel.

Me declaro a favor de las canciones que llegan al alma, del alma puesta en canciones, y la sinfonía de dos cuerpos creando el amor.

Y también de guerra de cosquillas, risueña a jornada completa y payaso por vocación. Me declaro ser humano, tratando de humanizar a cualquier ser.








Princesas sin cuento.

Dicen que no hay príncipe sin princesa. Ni mucho menos princesa sin su cuento.

Nos enseñan a decir te quiero antes que me quiero. A creer en el amor aun cuando el mundo nos demuestra lo contrario. A decir frases tan estúpidas como daría mi vida por ti, o sin ti yo no soy nada. 

Nos enseñan a luchar por una relación, como si hubiera que aguantar las heridas del amor y un perdón pudiera poner fin a toda una guerra.

Me dijeron que tenía que decir te quiero cuando menos lo merecían. Y precisamente un te quiero hay que merecerlo, por eso yo prefiero guardármelos y susurrarlos en pequeñas dosis para aquellos que si lo merecen.

Y claro que mi vida tenía sentido antes de encontrarte, tu no me enseñaste a llorar, ni a enamorarme, ni mucho menos pretendas ser el primer error con nombre de mujer que aparece sin buscarlo por mi vida.

Os juro que lo he intentado, pero no me sale reventar mi orgullo con un falso lo siento que podría poner fin a esos silencios incómodos. Ni ese suspiro que encuentra medias verdades a una gran mentira.

Yo no quiero una princesa a quien rescatar de un altísimo castillo, ni arrastrarme por el suelo herido de muerte pero enamorado.

Siempre he preferido ser poeta que caballero, y escritor antes que príncipe. Así que si me permites voy a escribir mi cuento.Y tu siéntate a mi lado, solo si quieres (y puedes), inspirarme una bonita historia.











Que parezca un accidente.




Tú el jazz de fondo sonando por mi insomnio.
Yo la copa a medias sobre aquella mesa,
la preferida de mis miedos


Yo el verso más frió que quema sobre tu espalda.
Tú el piano más sexy, tocando agudos
por mis sabanas.


Tú enseñándome a huir cogida de la mano.
Yo dejando miguitas de mi corazón,
ya sabes, por si me pierdo.


Tú tocando una canción suicida solo para mi
y yo jugando a la ruleta rusa,
con todo el tambor lleno.


Yo empeñado en buscar amor por los burdeles
Y tú mi musa más puta, haciendo
polvo mi futuro.


Y aun así, decidida y mirándome a los ojos me dijiste...
<<¿Y si nos queremos para siempre?>>
Bueno,
                                                         pero que parezca un accidente.












Cartas a un fantasma

A ti,
que sin conocerte
llevo toda la vida esperándote.
Tengo que decir que he jugado a imaginarte
durante días, para acabar perdido
y buscándote durante toda la noche.

Yo que te he vestido de poesía
empezando por los pies,
y ni siquiera sé,
a qué saben tus besos.

Te declaro culpable
tú que has hecho que a otras le sea imposible.
Tú que me has escuchado cuando escribía,
sin llegar a saber que era exactamente a ti,
a quien iban dirigidos todos
y cada uno de mis versos.

A ti, mi más íntima desconocida.

Tú que aún no tienes nombre,
y yo que tampoco quiero ponértelo
Tú que me esperas un domingo por la tarde
cuando a solas haces planes para dos
en ese lugar que pronto podré llamar
mi propio lado de la cama.

Y se que eres tú,
y todos estos versos son para ti
porque te echo de menos sin conocerte,
y te he hecho de menos el amor,
para que pronto sean de más
y hagamos cuentas con las que me debes.

Te quiero, porque sin llegar a verte,
has tejido a mano mi segunda piel de seda,
y has bordado con carmín tu nombre a la altura
de mi cuello, para espantar a mujeres que intentan
morderme con la boca
y no con el corazón como has hecho tú.

Así que ven, levita hacia mí y atraviésame.

Porque cada paso que doy para acercarme a otras,
solo sirve para enamorarme más de ti.
Así que aquí te espero con la puerta abierta,
y por si acaso vienes con hambre,
tienes mi corazón,de par en par y (solo para ti),
encima de la mesa.





Versos rotos al fondo del bar.

Éramos dos mundos a miles de kilómetros de distancia. Ella hacía honor a sus dos X, yo machacaba hasta el máximo mi Y.

Eras el día de mi noche, yo la noche de tu día. Y enfadada te empeñabas en buscar la rima a mi poesía yo que siempre quise ser el verso libre de tu espalda.

Nacía poesía de todos y cada uno de nuestros gritos. Tu soplabas tormentas con aroma de despedida que chocaba con furia contra mi ventana. Destrozando mi piel de seda hasta que mis miedos salían en manada a bailar bajo la lluvia, exclusivamente para ti.

Éramos tú y yo tan tú y yo, que matarnos lentamente era  nuestro particular libro escrito a medida. Donde borrábamos errores con tachones y dejábamos el final sin escribir, como tantas películas que paramos en tu cama para hacer poesía, una tarde noche cualquiera de domingo.

Nuestro amor fue como escribir versos rotos en una pequeña mesa de madera al fondo del bar. A mi que siempre me gustó estar solo. Ahora siento aquello tan terrible que los demás llaman soledad. Y supongo que todos te han conocido a ti en algún momento de sus vidas para poder sentirlo.

Te has ido y me es difícil echarte de menos. Quizás por que el punto más cercano siempre fue perderte. Y aun así te siento aquí, sentado al lado mía, molestándome con besos y caricias mientras le grito con tinta al papel y no a ti, que vuelvas, sin acompañarlo de ningún tipo de escusa.

A mi que siempre me costó más mirarte a los ojos que abrirme en canal al folio. Ahora termino de escribir esto, y guardo el papel en el hueco que dejaste. Y lo escondo en mis entrañas por si algún día te da por volver a equivocarte,  
                                                y simplemente vuelves.












Y yo subí...

Me dijiste que subiera...y yo subí.
Era una noche de invierno aun así yo iba desnudo a tu lado mientras te acompañaba a la puerta de tu casa. Cuando llegamos me dijiste que subiera, simplemente que subiera sin acompañarlo de ningún tipo de excusa.

Tu casa era París y yo un loco extranjero que perdido subía de tu mano las escaleras de mis miedos. Y es que como decía Bukowski el amor es el perro del infierno pero yo hoy quería quemarme entre tus llamas.

Una vez dentro, me traías una última copa con la que arrancarme la última piel de seda que aun escondía mis miedos. Y bebía sabiendo que tenía que desnudarme dos veces aquella noche de noviembre, si quería lanzarme a bailar desnudo bajo aquel particular atardecer en Libia.

Me gustaba el desorden con el que desabrochabas mi camisa, empezando por el botón del medio y siempre con la mirada clavada por mis ojos, como retándome para aguantar a que me quitaras cada uno de ellos sin poder besarte.

Justo al acabar te dejaste caer en la cama, y yo solo te miraba asustado, sentado justo al borde del abismo pero sin poder dejar de mirar el vacío.

Y entonces me cogiste de la mano para caer junto a ti durante metros hasta lo más profundo y escondido de tu potro de tortura, una tortura placentera que dislocaba mis huesos con furia ante tus ojos por simples recuerdos del pasado.

Acerco mi boca a tu oído y se estremece tanto tu piel que puedo leer en braile sobre tu brazo mientras te pido que te corras por la noche, que ya te alcanzaré yo en los despertares.

Y justo cuando ya sobran las palabras, busco tu mirada para odiarte y nos lanzamos a bailar desnudos por nuestra propia versión más húmeda de Venecia.

Hasta que todo acaba, y en ese momento empecé a ser adicto a las alturas, justo al ver como caías en picado contra mi pecho, y te quedaba dormida tan tierna como si solo pudieras dormir entre el hueco perfecto de mis brazos.

Sabía que por las mañana, nos volveríamos a despedir con más silencios que palabras. Y solo lo haríamos para volver a encontrarnos algún día, de la misma forma que esas historias que siempre vuelven a empezar, una y otra vez, quizás por que realmente nunca llegaron a terminar del todo.

Donde están esos besos que me debías

Ya es noviembre y sigues sin besarme. Me pregunto donde están aquellos besos que firmamos en madrugadas que se hacían día. Aquellos que nos prometimos bajo sabanas y que pensaba que nunca se acabarían.

Te prometo que si supiera que algún día no los iba a tener, te hubiera pedido uno más y un par de miles por si acaso.

Creo que dejaste claro que te ibas, que todo se había acabado y que te llevabas todo contigo. Pero dejaste mis ganas por besarte dentro de la mesilla y cada noche antes de dormir abro el cajón despacito y sin mirar para torturarme un par de horas más.

¿Sabes? Mi cama es Varsovia sin ti, y la noche hoy es aun más oscura que de costumbre. Es difícil amar el sueño cuando te regalé mis noches hace tan sólo un par de madrugadas.

Supongo que aun queda algo de ti en mí, y ese algo pesa más en noches como estas. Cuando hasta el aire entra por la ventana con el perfume que a mi tanto me gustaba oler sobre tu cuello.

Intento dibujar tu nombre sobre el segundo café de la noche, hasta que recuerdo que no volverás, y apuñalo la espuma (y tu nombre) con la cuchara mientras intento no pensar en ti.

Te prometo que no te recuerdo durante todo el día, pero a esas malditas horas de la noche cuando todo el mundo duerme, tú aprovechas para gritar recuerdos en mi cabeza, y yo te siento tan cerca como para matarme y tan lejos como para no verte nunca más.

Te prometo que retaré mi cuerpo a olvidarte en otras camas, pero te voy adelantando que ya parece imposible antes de empezar. Supongo que desfilaran otras piernas por mi pasillo, que serán otros nombres los que griten mis paredes, y que tu espalda desnuda ya no quedará clavada en el techo de mi habitación.

Te fuiste y a partir de ese maldito día, mis noches poco a poco se fueron haciendo tan largas como mi orgullo para no llamarte. 

Y eso que el mundo es un poco hijo de puta a la hora de olvidarte. Como si tuviera un plan para que te recordara cada día y cada noche sin excepción; Una conversación en el metro, el reflejo de un charco en mitad de la gran vía, una pareja besándose en el parque.

Fuiste el amor de mi vida aunque siempre tuviste aromas del de mi muerte. Supongo que sin quererlo algún día tu y yo firmamos juntos por un amor inolvidable, y nos olvidamos de añadirle un maldito para siempre.

























Diario de un Infiel

Ella dormía a mi lado, en su lado de la cama. A tan solo unos miles de kilómetros de mi.

Yo miraba la habitación como el que mira las olas en mitad del océano, justo antes de que tempestades estrellasen gritos contra las rocas.

Desfilaron sus gritos por mi cama, el alcohol corría por su espalda y se reflejaba en el espejo del techo, justo encima de donde yo coleccionaba errores con nombre de mujer.

Aún podía sentir sus uñas clavadas por mi pecho, mi camisa decorando el suelo de la habitación y mi mano tapando su boca, aunque era a mis demonios y no a ella a quien yo quería callar aquella maldita noche.

Todo había terminado, ella estaba dormida en mi hombro y después de la tormenta, la calma soplaba por la habitación con mucha más fuerza que la propia tempestad.

La cama se hacía más grande por cada minuto que pasaba, y la televisión sonaba de fondo como una banda sonora al odio que danzaba sin control por mi cabeza.

Era la primera vez que le engañaba, y recordaba como me decían que la primera vez te sientes fatal, pero que las siguientes apenas te importaba. Supongo que la primera vez algo atravesaba tu alma, la segunda ya no había nada que seguir quemando.

Estaba deseando de abandonar la habitación, de marcharme de aquel hotel y aunque suene realmente asqueroso, de abrazar a mi mujer y mis dos hijas.

Cambié a la mujer de mi vida por unos minutos. Era la cama equivocada con una mujer equivocada una puta noche equivocada.

Traicioné a muchos firmando con sudor y alcohol aquella cama, pero sobre todo me traicioné a mí. Y mi condena sería vivir una vida con silencios incómodos, amores a medias y sobre todo sentirme tan mediocre como para acabar echando de menos sus besos en otras camas.












Descansa ahora mi pequeño...

Sentado en el sofá, sujetaba una copa de vino que levantaba contraluz, para mirarla mientras la golpeaba con el dedo y observaba como bailaba la sangre de lado a lado por su copa.

Le gustaba tener todas las luces apagadas, y dejar la chimenea encendida la noche entera hasta que se consumía toda la madera. El se limitaba a mirar el fuego, le apasionaba pasar las horas sentado delante suya, su color, el sonido de la madera quemándose, su poder de destruir todo a su paso. Es más, siempre pensó que un buen final sería morir entre sus llamas.

Cuando el fuego empezaba a ser hipnotizante, el resquebrajar de la madera se tapó con un grito que venía de una de las habitaciones superiores de la casa.

El apretó con fuerza la base de la copa mientras seguía mirando el 
fuego, y en voz baja susurró,  cállate por dios... Pero los gritos no paraban y cada vez eran más desgarradores. Hasta que se levantó del sillón gritando ¡CÁLLATE MALDITA PUTA!, reventando la copa con fuerza contra el fuego, que a su vez escupía bocanadas de ira desde la garganta de la chimenea.

Una voz empezó a susurrarle. Hazlo ahora... termina ya. O volverás a dormir debajo de la cama maldito inútil

Fue a la cocina y cogió el cuchillo del castigo. Así lo llamaba su madre cuando le obligaba a poner las palmas de la mano hacia arriba, mientras le hacía pequeños cortes. Uno por cada vez que mirase a una chica, o hablase con alguna puta que era como ella las llamaba.


Con el cuchillo en la mano, empezó a subir las escaleras, mientras, el llanto cada vez era más tenue y se tapaba con el crujido de la vieja madera. Subía pausado, deslizando los dedos de su mano derecha por la pared y parándose ante el cuadro de su madre que ocupaba el centro de la escalera y que murió hace ya un par de inviernos.


Al llegar arriba, aunque ella estaba en la última habitación del pasillo, podía escuchaba sus pasos acercándose y empezó a gritar con todas sus fuerzas.


Los gritos retumbaban en su cabeza y le recordaba a los gritos de su madre cuando en pleno invierno le obligaba a dormir desnudo en el suelo, y ella se sentaba en frente para ver como lloraba como una maldita niña.


Ese recuerdo le atormentaba, le impedía seguir andando. Tanto que tenía que apoyar su cabeza contra la pared mientras apretaba sus entrañas con las manos notando el mango del cuchillo acariciar con fuerza su sien.


Con rabia aligeró el paso hasta que cruzó la puerta  y allí estaba ella. Sentada en el suelo, con las dos manos atadas a la pata de la cama y abrazándose sus piernas que recogía contra su pecho.

Llevaba 3 días sin comer ni beber nada, sin luz y con heridas por todo el cuerpo. Cada noche la castigaba por sus gritos y hoy ya no volvería a gritar más.

El se acercó dejando un metro de distancia, se inclino para ponerse a su altura y con el cuchillo cogido con los dedos, empezó a arrastrarlo por el suelo solo para ver el miedo bailar sin mesura por sus ojos.

El cuchillo se deslizaba por la madera produciendo un rechinar que desgarraba el viejo suelo y repercutía directamente sobre su cabeza.

Hasta que el cuchillo se paró, lo agarró con fuerza, y sin mediar palabra atravesó su abdomen. Era un cuchillo de unos 12 cm de hoja, muy afilado, que permaneció dentro de ella unos segundos y que arrancó nuevamente apenas sin esfuerzo de su abdomen dejando un corte limpio y seco.


Ella gritaba de dolor mientras sus ojos se llenaban de sangre y miraba su herida, viendo como el manto rojo cubría su abdomen, acompañado de una sensación fría que corría desde sus piernas hasta el cuello pasando por su espalda.


Tras mirar su cuchillo fijamente y terminar de limpiarlo con los dedos, volvió a fijarse en ella, levantando su barbilla con una mano
y apartando su pelo con la otra, mientras le susurraba que todo iba a salir bien justo cuando cortaba su cuello lentamente, viendo como su sangre salpicaba por su cuerpo y escuchaba algo parecido al crujir de la madera.

Al terminar levantaba su cabeza al techo y extendía los brazos en cruz dejando caer el cuchillo de su mano derecha al suelo. Mientras el suspiraba y reía al mismo tiempo, hasta que su cabeza caía sobre el pecho lleno de sangre aun caliente  de la chica.


Y al lado su madre. Sentada justo a su lado, acariciándole como a un niño, quitándole la sangre de la cara, mientras le acurrucaba contra su pecho y le susurraba ...descansa ahora mi pequeño, mamá está aquí.














Entre un mar de cerezos.


El parque era un mar rosa de flores de cerezo
y con la mirada elegimos un banco de madera cualquiera
con vistas a una lluvia otoñal de hojas ya marchitas.


Ya sentados, me miró con ganas de dejar de hacerlo.
Y soltó mi mano con ganas de seguir sintiendo.
Con una voz seca me dijo que ella no creía en el amor.


Y yo sin más la besé, y la besé, y la seguí besando.
En ese momento supe que se enamoraría tanto de mi,
como miedo tenía a enamorarse.






Sueños Bajo La Lluvia

Se marchaba, dejaba la ciudad para volver a Barcelona.

Siempre fue una relación avocada al fracaso, pero se prolongaba por esa atracción que todos tenemos al dolor.

Decía Bukowski, encuentra lo que amas y deja que te mate. Y así fue, nos encontramos para matarnos poco a poco, aunque nuestro destino desde el primer día fue morir por separado. 
Entendimos el amor en los extremos, sin dejar espacio a la rutina, aburrimiento o cualquier otra enfermedad del amor moderno. Hasta que algo sin saber muy bien el que, nos obligó a escribir esa crónica de un final anunciado.

Le acompañé a la estación, necesitaba ver como subía a ese tren que nos separaría para siempre, y así poder decir, que era el final de los finales, que la había perdido y nunca más volvería a verla.

De repente Madrid se convirtió en Londres solo para nuestra despedida. Un manto de seda empezó a caer del cielo para disimular sus lágrimas, que resbalaban por sus mejillas escribiendo un rastro de recuerdos y sentimientos rotos.

Su gran vestido rojo hacia vibrar las dos grandes torres del Tower Bridge, iluminado con farolas que apuntaban a sus pasos como si bailara un tango argentino en Broadway exclusivamente para mi.

Ella era la luz de París, yo la noche de Manhattan.  Pero el punto medio de nuestras diferencias era Madrid, y nos sentíamos uno bailando desnudos bajo la lluvia.

Nos besábamos sin rencores, sin escuchar fantasmas del pasado. Con la pasión de un beso que aceleraba la respiración hasta que conseguía parar el momento. Mientras tu tratabas de inventar una sonrisa nueva que interrumpías con un beso, para que no pudiera ver como tus ojos volvían a tejer lágrimas de fina poesía.

Hasta que sonó el maldito último aviso para pasajeros. Y los dos nos separamos un instante para darnos otra vez el que tenía que ser el último abrazo de nuestra vida. Tus dedos lentamente se separaron de los míos, y a cámara lenta subías a ese tren que se perdía entre la niebla dirección a nuestro propio boulevard de los sueños rotos. 



Lágrimas de sangre.

Malditas lágrimas de sangre.
Limpian mi mirada inyectada con insomnio,
y hace llenar mi estómago de vacío
cambiando el hambre por tu ausencia.


Te vas, y mis ojos lloran sangre.
Y llantos de silencio suenan por mi folio.
Mientras pago mis fracasos con tu cárcel
si esta noche no vienes a morir conmigo.


Escucho sollozos de cadenas por mi cuarto,
lamentos de almas que repiten mi nombre.
Mientras observo de reojo mis venas
y las perdono, aunque solo sea por vergüenza.


El amor y el odio reventaron por mi pecho,
y solo me queda contarle al folio que te has ido.
Paradójico que prometiera matar por ti,
y ahora solo piense en el suicidio.






De Verso a Beso

Hagamos poesía,
Empezando por un para siempre y terminando en tus caderas cada noche,
hasta que la luna desaparezca y se refleje tu cuerpo en el cielo blanco de mi cama.

Bailemos juntos,
un vals desnudos por París deslizando nuestros pies por la calle de los versos
para follarnos a la madrugada con palabras, hasta que corran los gemidos por el folio.

Desvélame,
saltando de sueño en sueño para terminar dormido y exhausto entre tus brazos,
ni juntando tus labios con los míos, conseguirías despertarme del silencio de la noche.

Y a la mañana,
Por fin, despertarás conmigo para hacer prisionero a mis despertares y aprenderte
de memoria, verso a beso como pintas mi noche y pones nombre a mis madrugadas.



                                                                                                                             Con Pilar Caceres


El verso mas bonito que nunca dije

Vi tu nombre sin querer hacerlo, fue como si últimamente todos los caminos de mi vida me llevara a morir en tus putos recuerdos.

Siempre fui adicto a tu dolor, por eso no pude evitar mirar tu foto y seguir con tu estado donde decías estar feliz mientras mi mente me torturaba imaginando un lo siento, pero ya no te recuerdo.

Te necesitaba escribir, volver a sentir aquello que perdí un día y que no he podido olvidar, te juro que he intentando follarme tus recuerdos en otras camas y aunque otras han jugado a ser tu y yo he intentando mirarlas como a ti, todas han perdido.

Era una batalla en el cielo donde ángeles y demonios luchaban a muerte contra mi orgullo, contra mis ganas por hablarte y recordarte que no quiero verte feliz si no es conmigo.

Primero iba a poner un joder te necesito, pero lo borré, no quería darte una pequeña posibilidad de volver a humillarme una vez más. 

Después escribí “pequeña estás tan bonita en esa foto”, no pude enviarlo, tal vez por miedo a que tus labios ya me hubieran olvidado y tus besos fueran capricho de otros.

Pero eso no venció mis ganas por hablarte, mi necesidad por volver a ver tu nombre en mi vida aunque solo fuera un triste recuerdo de tiempos atrás.

Al final puse simplemente "Hola", que envié antes de poder siquiera pensar por qué lo hacía. Una sola palabra para describir miles de sentimientos que se enfrentaban a muerte en mi cuerpo.

Nunca tuve una respuesta, y yo mientras sentía cómo el mejor poema que jamás podría haber escrito, moría poco a poco entre tantos otros que nunca tuve el valor de escribirte. 























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