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Artículos de opinión

Y yo subí...

Me dijiste que subiera...y yo subí.
Era una noche de invierno aun así yo iba desnudo a tu lado mientras te acompañaba a la puerta de tu casa. Cuando llegamos me dijiste que subiera, simplemente que subiera sin acompañarlo de ningún tipo de excusa.

Tu casa era París y yo un loco extranjero que perdido subía de tu mano las escaleras de mis miedos. Y es que como decía Bukowski el amor es el perro del infierno pero yo hoy quería quemarme entre tus llamas.

Una vez dentro, me traías una última copa con la que arrancarme la última piel de seda que aun escondía mis miedos. Y bebía sabiendo que tenía que desnudarme dos veces aquella noche de noviembre, si quería lanzarme a bailar desnudo bajo aquel particular atardecer en Libia.

Me gustaba el desorden con el que desabrochabas mi camisa, empezando por el botón del medio y siempre con la mirada clavada por mis ojos, como retándome para aguantar a que me quitaras cada uno de ellos sin poder besarte.

Justo al acabar te dejaste caer en la cama, y yo solo te miraba asustado, sentado justo al borde del abismo pero sin poder dejar de mirar el vacío.

Y entonces me cogiste de la mano para caer junto a ti durante metros hasta lo más profundo y escondido de tu potro de tortura, una tortura placentera que dislocaba mis huesos con furia ante tus ojos por simples recuerdos del pasado.

Acerco mi boca a tu oído y se estremece tanto tu piel que puedo leer en braile sobre tu brazo mientras te pido que te corras por la noche, que ya te alcanzaré yo en los despertares.

Y justo cuando ya sobran las palabras, busco tu mirada para odiarte y nos lanzamos a bailar desnudos por nuestra propia versión más húmeda de Venecia.

Hasta que todo acaba, y en ese momento empecé a ser adicto a las alturas, justo al ver como caías en picado contra mi pecho, y te quedaba dormida tan tierna como si solo pudieras dormir entre el hueco perfecto de mis brazos.

Sabía que por las mañana, nos volveríamos a despedir con más silencios que palabras. Y solo lo haríamos para volver a encontrarnos algún día, de la misma forma que esas historias que siempre vuelven a empezar, una y otra vez, quizás por que realmente nunca llegaron a terminar del todo.

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