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Artículos de opinión

Sueños Bajo La Lluvia

Se marchaba, dejaba la ciudad para volver a Barcelona.

Siempre fue una relación avocada al fracaso, pero se prolongaba por esa atracción que todos tenemos al dolor.

Decía Bukowski, encuentra lo que amas y deja que te mate. Y así fue, nos encontramos para matarnos poco a poco, aunque nuestro destino desde el primer día fue morir por separado. 
Entendimos el amor en los extremos, sin dejar espacio a la rutina, aburrimiento o cualquier otra enfermedad del amor moderno. Hasta que algo sin saber muy bien el que, nos obligó a escribir esa crónica de un final anunciado.

Le acompañé a la estación, necesitaba ver como subía a ese tren que nos separaría para siempre, y así poder decir, que era el final de los finales, que la había perdido y nunca más volvería a verla.

De repente Madrid se convirtió en Londres solo para nuestra despedida. Un manto de seda empezó a caer del cielo para disimular sus lágrimas, que resbalaban por sus mejillas escribiendo un rastro de recuerdos y sentimientos rotos.

Su gran vestido rojo hacia vibrar las dos grandes torres del Tower Bridge, iluminado con farolas que apuntaban a sus pasos como si bailara un tango argentino en Broadway exclusivamente para mi.

Ella era la luz de París, yo la noche de Manhattan.  Pero el punto medio de nuestras diferencias era Madrid, y nos sentíamos uno bailando desnudos bajo la lluvia.

Nos besábamos sin rencores, sin escuchar fantasmas del pasado. Con la pasión de un beso que aceleraba la respiración hasta que conseguía parar el momento. Mientras tu tratabas de inventar una sonrisa nueva que interrumpías con un beso, para que no pudiera ver como tus ojos volvían a tejer lágrimas de fina poesía.

Hasta que sonó el maldito último aviso para pasajeros. Y los dos nos separamos un instante para darnos otra vez el que tenía que ser el último abrazo de nuestra vida. Tus dedos lentamente se separaron de los míos, y a cámara lenta subías a ese tren que se perdía entre la niebla dirección a nuestro propio boulevard de los sueños rotos. 



Lágrimas de sangre.

Malditas lágrimas de sangre.
Limpian mi mirada inyectada con insomnio,
y hace llenar mi estómago de vacío
cambiando el hambre por tu ausencia.


Te vas, y mis ojos lloran sangre.
Y llantos de silencio suenan por mi folio.
Mientras pago mis fracasos con tu cárcel
si esta noche no vienes a morir conmigo.


Escucho sollozos de cadenas por mi cuarto,
lamentos de almas que repiten mi nombre.
Mientras observo de reojo mis venas
y las perdono, aunque solo sea por vergüenza.


El amor y el odio reventaron por mi pecho,
y solo me queda contarle al folio que te has ido.
Paradójico que prometiera matar por ti,
y ahora solo piense en el suicidio.






De Verso a Beso

Hagamos poesía,
Empezando por un para siempre y terminando en tus caderas cada noche,
hasta que la luna desaparezca y se refleje tu cuerpo en el cielo blanco de mi cama.

Bailemos juntos,
un vals desnudos por París deslizando nuestros pies por la calle de los versos
para follarnos a la madrugada con palabras, hasta que corran los gemidos por el folio.

Desvélame,
saltando de sueño en sueño para terminar dormido y exhausto entre tus brazos,
ni juntando tus labios con los míos, conseguirías despertarme del silencio de la noche.

Y a la mañana,
Por fin, despertarás conmigo para hacer prisionero a mis despertares y aprenderte
de memoria, verso a beso como pintas mi noche y pones nombre a mis madrugadas.



                                                                                                                             Con Pilar Caceres


El verso mas bonito que nunca dije

Vi tu nombre sin querer hacerlo, fue como si últimamente todos los caminos de mi vida me llevara a morir en tus putos recuerdos.

Siempre fui adicto a tu dolor, por eso no pude evitar mirar tu foto y seguir con tu estado donde decías estar feliz mientras mi mente me torturaba imaginando un lo siento, pero ya no te recuerdo.

Te necesitaba escribir, volver a sentir aquello que perdí un día y que no he podido olvidar, te juro que he intentando follarme tus recuerdos en otras camas y aunque otras han jugado a ser tu y yo he intentando mirarlas como a ti, todas han perdido.

Era una batalla en el cielo donde ángeles y demonios luchaban a muerte contra mi orgullo, contra mis ganas por hablarte y recordarte que no quiero verte feliz si no es conmigo.

Primero iba a poner un joder te necesito, pero lo borré, no quería darte una pequeña posibilidad de volver a humillarme una vez más. 

Después escribí “pequeña estás tan bonita en esa foto”, no pude enviarlo, tal vez por miedo a que tus labios ya me hubieran olvidado y tus besos fueran capricho de otros.

Pero eso no venció mis ganas por hablarte, mi necesidad por volver a ver tu nombre en mi vida aunque solo fuera un triste recuerdo de tiempos atrás.

Al final puse simplemente "Hola", que envié antes de poder siquiera pensar por qué lo hacía. Una sola palabra para describir miles de sentimientos que se enfrentaban a muerte en mi cuerpo.

Nunca tuve una respuesta, y yo mientras sentía cómo el mejor poema que jamás podría haber escrito, moría poco a poco entre tantos otros que nunca tuve el valor de escribirte. 























Como Extraños

Así te sientes cuando vuelves a un lugar que no es el tuyo, un lugar que quizás algún día fue tuyo pero que hoy ya no lo era.

Es la misma sensación que tienes al crecer y volver a aquel lugar tal especial de tu infancia, un lugar donde ya nada es igual y donde todo es más pequeño, más viejo y normalmente más aburrido.

Así me sentía yo en aquel cuarto, conversando con mi insomnio mientras mi mirada bailaba por el techo que parecía venirse abajo por momentos.

Ella dormía como si nada pasara después de haber hecho el odio en aquella pequeña cama de aquel íntimo desconocido cuarto. Mientras tanto pasaba su brazo por encima de mi pecho, brazo que ardía en mis entrañas pero que no me atrevía a mover, quizás sus palabras si se despertara quemarían en mí mucho más que aquella simple cadena a la que yo mismo me había condenado.

Miraba al reloj y aun eran las 2:05 de la mañana, 4 o 5 horas me susurraba a mi mismo, una eternidad viendo como cada minuto agarraba al siguiente  y se negaba a morir en mi reloj.

Sin saber muy bien porqué,me armé de valor y sentí la necesidad de levantarme, de vestirme y de abandonar para siempre aquella cárcel nocturna de sabanas y carne. 

Motivado por una fuerza llena de recuerdos del pasado, de odios del presente y de vacíos del futuro, una fuerza que me obligaba a irme sin esperar un segundo más, decidí por fin darle una tregua a mi orgullo y le susurré que no lo vendería más por unas cuantas caricias con resaca de vacío.

Literalmente me quemaban sus sabanas, curioso que aquel lugar donde un día entre algodones disfrutaba de nuestro rincón en el cielo, se convirtiera hoy en un doloroso infierno, un infierno donde el futuro aunque con sus oasis de paz ya tan solo fuera una quimera.

Todo fue en unos segundos, unos segundos interminables donde el silencio más perturbador hacía de aquella situación un pasaje siniestro. Aunque realmente había algo que me ataba a su oscuridad y me hacía imposible atravesar esa puerta. Por fin tras un suspiro en simbiosis con mi alma conseguí mover aquel pomo de plomo y de repente sentí como ella me miraba y como yo se la devolví intentando hablar, pero era imposible y algo me decía que ella tampoco podía hacerlo.

Una mirada que gritaba un adiós, un adiós que susurraba miles de sentimientos encontrados y que callaba toda una vida que ya no viviríamos. Una mirada entre dos personas que dejaron de escribir en el pasado pero que se empeñaban en seguir escribiendo dos puntos más,  tras aquel pesado punto final que evocaba aquel adiós irremediable.























                                                                                                                                                                                                                                                                                  @Twitter @CarlosCaballe37




Errores del Destino.

Se veían a escondidas en un bar de las afuera de Madrid y siempre elegían la misma mesa de la esquina para encontrase entre miradas de pasión y sentimientos escondidos por rutina.

Siempre se perdían para encontrarse, y una vez juntos tan solo se besaban hasta conseguir perderse.

Hace tiempo que se despidieron, hace tiempo que sus vidas empezaron a separarse pero nunca supieron evitar cruzarse por el camino.

Cada vez que se veían era volverse a enamorar una y otra vez, como si existiera un amor a primera vista para cada vez que sus ojos se tocaban. Y su piel tuviera memoria propia para estremecerse al simple tacto de caricias del pasado.

Terminaban la copa rápido para subir a su rincón de primavera perpetua, mientras se besaban en el ascensor hasta llegar a la habitación 311. Esa habitación que escribía una historia paralela por sus vidas, y que describía una guerra en el cielo donde ángeles y demonios tallaban con amor y odio el sudor entre las sabanas.

Aunque sabían que solo tenían un par de horas, podían parar el reloj y hacer la noche infinita acompañada por una banda sonora de poesía que recitaba uno a uno los latidos de su pecho. Una poesía sin final, llena de versos jamás escritos que simplemente se dejaba de escribir al ritmo que sus cuerpos dejaban de tocarse.

Al terminar volvían a despedirse con nostalgia del futuro que perdían. Volvían a encerrar su historia entre paredes de distancia, y una vez mas, volvían a tirar la llave de su amor al mar donde desembocaban los sueños rotos de amores imposibles.







Lo había perdido todo.

Allí me encontraba una mañana de septiembre, sentado en el porche de mi caravana viendo como esa escopeta de caza clavaba sus dos grande ojos directamente sobre mi espalda. Todo tenía que haber acabado hace unos minutos, pero tan solo se alargaba el preludio de un final anunciado, era paradójico pero no tenía el valor para un último gesto cobarde.

Me limitaba a mirar el suelo mientras sujetaba mi cabeza con desgana, que solo levantaba para soltar el humo de mi cigarrillo y dejar que este escapara libre por el mundo.
Soy un cobarde, un maldito cobarde me repetía mientras sacaba de nuevo el que decía ser el último de la noche y pensaba como sería ese instante que apretando el gatillo terminaría con todo dejando que la sangre bailara libre por el suelo...

Todo empezó aquella noche cuando perdí a mi hijo en un accidente de tráfico, siempre me culpé a mi mismo por aquello, así que decidí arruinarme la vida poco a poco desde aquel día.

Decidí jugar a la ruleta rusa contra mi mismo con más turnos que huecos tenía el tambor de mi revolver. Y lo peor de todo es que obligue a mi mujer a sentarse en primera fila para que viera como tiraba mi vida mientras la arrastraba conmigo al fondo de mi desastre.

Hacía tiempo que ya no vivíamos juntos, ella me echo de su casa y no le culpo, asumo que era inaguantable, aun así yo tampoco podía seguir viviendo con ella y mis pocos momentos cuerdos me obligaban a marcharme para no seguir hundiendo su vida a la altura de la mía.

El día anterior después de beber hasta que el sol y la noche se turnaron para humillarme, decidí ir a la casa de mi mujer no se muy bien para que y no se muy bien porqué.

Recuerdo que borracho conseguí llegar hasta el portal y a duras penas subir las primeras dos escaleras que me llevaban hasta su puerta, conseguí meter la llave tras varios intentos fallidos y fui directo a la habitación para buscarla, pero al verme ella me miró, salió de la cama y solo me dijo que me marchara si no quería que llamase a la policía.

Intenté hablar con ella cogiéndola del brazo pero ella no quería ni mirarme y con el teléfono en la mano volvió a pedirme que me fuera una vez más. Entonces le empujé con tanta furia que hizo que cayera y me mirara desde el suelo con esos ojos de terror y pena haciendo que mi cuerpo sintiera más vergüenza de la que nunca había sentido.

Después de eso me desperté en mi caravana con un dolor de cabeza que me obligaba a permanecer inquieto sin poder levantarme y con la sensación de que algo era diferente.
No recordaba nada de como había llegado hasta allí y flashes de gritos venían a mi cabeza una y otra vez mientras apretaba mis entrañas con los dedos y cubría mis ojos con la palma para conseguir arrancar aquello que me atormentaba.

Cuando por fin conseguí levantarme, ahí estaba, tirada por el suelo mi camisa de la noche anterior y totalmente llena de sangre. Al verla un escalofrió recorrió mi cuerpo sintiendo como se partía mi pecho en dos mientras intentaba buscar una explicación que no fuera la que inequívocamente parecía.

Al tocarla lo vi todo. Vi como apuñalaba con furia su abdomen, como me miraba a los ojos mientras que su vida se apagaba entre mis manos, como abrazaba su cadáver durante horas y como imaginaba su voz y su risa en tiempos mejores, cuando yo aun no era el monstruo que me había convertido.

Cuando por fin acabé el cigarrillo y deje caer la colilla entre mis dedos, saque el paquete del bolsillo buscando otro motivo para alargar mi vida durante unos minutos más, pero el paquete estaba vació como ya lo estaba mi vida.

Con la mirada perdida y sin dejar de pensar en ellos, me aseguré de que la escopeta estuviera cargada y eso que yo mismo lo había hecho hace un par de minutos. Apunté directamente contra mi cabeza y todo terminó en un estruendo que hizo que los pájaros salieran en bandadas y volaran sin dirección ninguna.

Ya todo había terminado, después de que la bala atravesara mi cabeza, tal era la calma que se podía escuchar la sangre goteando y deslizándose por el suelo. Todo había llegado a su fin pero con la sensación de que ya era irremediablemente tarde.












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