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Artículos de opinión

Lo había perdido todo.

Allí me encontraba una mañana de septiembre, sentado en el porche de mi caravana viendo como esa escopeta de caza clavaba sus dos grande ojos directamente sobre mi espalda. Todo tenía que haber acabado hace unos minutos, pero tan solo se alargaba el preludio de un final anunciado, era paradójico pero no tenía el valor para un último gesto cobarde.

Me limitaba a mirar el suelo mientras sujetaba mi cabeza con desgana, que solo levantaba para soltar el humo de mi cigarrillo y dejar que este escapara libre por el mundo.
Soy un cobarde, un maldito cobarde me repetía mientras sacaba de nuevo el que decía ser el último de la noche y pensaba como sería ese instante que apretando el gatillo terminaría con todo dejando que la sangre bailara libre por el suelo...

Todo empezó aquella noche cuando perdí a mi hijo en un accidente de tráfico, siempre me culpé a mi mismo por aquello, así que decidí arruinarme la vida poco a poco desde aquel día.

Decidí jugar a la ruleta rusa contra mi mismo con más turnos que huecos tenía el tambor de mi revolver. Y lo peor de todo es que obligue a mi mujer a sentarse en primera fila para que viera como tiraba mi vida mientras la arrastraba conmigo al fondo de mi desastre.

Hacía tiempo que ya no vivíamos juntos, ella me echo de su casa y no le culpo, asumo que era inaguantable, aun así yo tampoco podía seguir viviendo con ella y mis pocos momentos cuerdos me obligaban a marcharme para no seguir hundiendo su vida a la altura de la mía.

El día anterior después de beber hasta que el sol y la noche se turnaron para humillarme, decidí ir a la casa de mi mujer no se muy bien para que y no se muy bien porqué.

Recuerdo que borracho conseguí llegar hasta el portal y a duras penas subir las primeras dos escaleras que me llevaban hasta su puerta, conseguí meter la llave tras varios intentos fallidos y fui directo a la habitación para buscarla, pero al verme ella me miró, salió de la cama y solo me dijo que me marchara si no quería que llamase a la policía.

Intenté hablar con ella cogiéndola del brazo pero ella no quería ni mirarme y con el teléfono en la mano volvió a pedirme que me fuera una vez más. Entonces le empujé con tanta furia que hizo que cayera y me mirara desde el suelo con esos ojos de terror y pena haciendo que mi cuerpo sintiera más vergüenza de la que nunca había sentido.

Después de eso me desperté en mi caravana con un dolor de cabeza que me obligaba a permanecer inquieto sin poder levantarme y con la sensación de que algo era diferente.
No recordaba nada de como había llegado hasta allí y flashes de gritos venían a mi cabeza una y otra vez mientras apretaba mis entrañas con los dedos y cubría mis ojos con la palma para conseguir arrancar aquello que me atormentaba.

Cuando por fin conseguí levantarme, ahí estaba, tirada por el suelo mi camisa de la noche anterior y totalmente llena de sangre. Al verla un escalofrió recorrió mi cuerpo sintiendo como se partía mi pecho en dos mientras intentaba buscar una explicación que no fuera la que inequívocamente parecía.

Al tocarla lo vi todo. Vi como apuñalaba con furia su abdomen, como me miraba a los ojos mientras que su vida se apagaba entre mis manos, como abrazaba su cadáver durante horas y como imaginaba su voz y su risa en tiempos mejores, cuando yo aun no era el monstruo que me había convertido.

Cuando por fin acabé el cigarrillo y deje caer la colilla entre mis dedos, saque el paquete del bolsillo buscando otro motivo para alargar mi vida durante unos minutos más, pero el paquete estaba vació como ya lo estaba mi vida.

Con la mirada perdida y sin dejar de pensar en ellos, me aseguré de que la escopeta estuviera cargada y eso que yo mismo lo había hecho hace un par de minutos. Apunté directamente contra mi cabeza y todo terminó en un estruendo que hizo que los pájaros salieran en bandadas y volaran sin dirección ninguna.

Ya todo había terminado, después de que la bala atravesara mi cabeza, tal era la calma que se podía escuchar la sangre goteando y deslizándose por el suelo. Todo había llegado a su fin pero con la sensación de que ya era irremediablemente tarde.












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