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Artículos de opinión

Diario de un Infiel

Ella dormía a mi lado, en su lado de la cama. A tan solo unos miles de kilómetros de mi.

Yo miraba la habitación como el que mira las olas en mitad del océano, justo antes de que tempestades estrellasen gritos contra las rocas.

Desfilaron sus gritos por mi cama, el alcohol corría por su espalda y se reflejaba en el espejo del techo, justo encima de donde yo coleccionaba errores con nombre de mujer.

Aún podía sentir sus uñas clavadas por mi pecho, mi camisa decorando el suelo de la habitación y mi mano tapando su boca, aunque era a mis demonios y no a ella a quien yo quería callar aquella maldita noche.

Todo había terminado, ella estaba dormida en mi hombro y después de la tormenta, la calma soplaba por la habitación con mucha más fuerza que la propia tempestad.

La cama se hacía más grande por cada minuto que pasaba, y la televisión sonaba de fondo como una banda sonora al odio que danzaba sin control por mi cabeza.

Era la primera vez que le engañaba, y recordaba como me decían que la primera vez te sientes fatal, pero que las siguientes apenas te importaba. Supongo que la primera vez algo atravesaba tu alma, la segunda ya no había nada que seguir quemando.

Estaba deseando de abandonar la habitación, de marcharme de aquel hotel y aunque suene realmente asqueroso, de abrazar a mi mujer y mis dos hijas.

Cambié a la mujer de mi vida por unos minutos. Era la cama equivocada con una mujer equivocada una puta noche equivocada.

Traicioné a muchos firmando con sudor y alcohol aquella cama, pero sobre todo me traicioné a mí. Y mi condena sería vivir una vida con silencios incómodos, amores a medias y sobre todo sentirme tan mediocre como para acabar echando de menos sus besos en otras camas.












Descansa ahora mi pequeño...

Sentado en el sofá, sujetaba una copa de vino que levantaba contraluz, para mirarla mientras la golpeaba con el dedo y observaba como bailaba la sangre de lado a lado por su copa.

Le gustaba tener todas las luces apagadas, y dejar la chimenea encendida la noche entera hasta que se consumía toda la madera. El se limitaba a mirar el fuego, le apasionaba pasar las horas sentado delante suya, su color, el sonido de la madera quemándose, su poder de destruir todo a su paso. Es más, siempre pensó que un buen final sería morir entre sus llamas.

Cuando el fuego empezaba a ser hipnotizante, el resquebrajar de la madera se tapó con un grito que venía de una de las habitaciones superiores de la casa.

El apretó con fuerza la base de la copa mientras seguía mirando el 
fuego, y en voz baja susurró,  cállate por dios... Pero los gritos no paraban y cada vez eran más desgarradores. Hasta que se levantó del sillón gritando ¡CÁLLATE MALDITA PUTA!, reventando la copa con fuerza contra el fuego, que a su vez escupía bocanadas de ira desde la garganta de la chimenea.

Una voz empezó a susurrarle. Hazlo ahora... termina ya. O volverás a dormir debajo de la cama maldito inútil

Fue a la cocina y cogió el cuchillo del castigo. Así lo llamaba su madre cuando le obligaba a poner las palmas de la mano hacia arriba, mientras le hacía pequeños cortes. Uno por cada vez que mirase a una chica, o hablase con alguna puta que era como ella las llamaba.


Con el cuchillo en la mano, empezó a subir las escaleras, mientras, el llanto cada vez era más tenue y se tapaba con el crujido de la vieja madera. Subía pausado, deslizando los dedos de su mano derecha por la pared y parándose ante el cuadro de su madre que ocupaba el centro de la escalera y que murió hace ya un par de inviernos.


Al llegar arriba, aunque ella estaba en la última habitación del pasillo, podía escuchaba sus pasos acercándose y empezó a gritar con todas sus fuerzas.


Los gritos retumbaban en su cabeza y le recordaba a los gritos de su madre cuando en pleno invierno le obligaba a dormir desnudo en el suelo, y ella se sentaba en frente para ver como lloraba como una maldita niña.


Ese recuerdo le atormentaba, le impedía seguir andando. Tanto que tenía que apoyar su cabeza contra la pared mientras apretaba sus entrañas con las manos notando el mango del cuchillo acariciar con fuerza su sien.


Con rabia aligeró el paso hasta que cruzó la puerta  y allí estaba ella. Sentada en el suelo, con las dos manos atadas a la pata de la cama y abrazándose sus piernas que recogía contra su pecho.

Llevaba 3 días sin comer ni beber nada, sin luz y con heridas por todo el cuerpo. Cada noche la castigaba por sus gritos y hoy ya no volvería a gritar más.

El se acercó dejando un metro de distancia, se inclino para ponerse a su altura y con el cuchillo cogido con los dedos, empezó a arrastrarlo por el suelo solo para ver el miedo bailar sin mesura por sus ojos.

El cuchillo se deslizaba por la madera produciendo un rechinar que desgarraba el viejo suelo y repercutía directamente sobre su cabeza.

Hasta que el cuchillo se paró, lo agarró con fuerza, y sin mediar palabra atravesó su abdomen. Era un cuchillo de unos 12 cm de hoja, muy afilado, que permaneció dentro de ella unos segundos y que arrancó nuevamente apenas sin esfuerzo de su abdomen dejando un corte limpio y seco.


Ella gritaba de dolor mientras sus ojos se llenaban de sangre y miraba su herida, viendo como el manto rojo cubría su abdomen, acompañado de una sensación fría que corría desde sus piernas hasta el cuello pasando por su espalda.


Tras mirar su cuchillo fijamente y terminar de limpiarlo con los dedos, volvió a fijarse en ella, levantando su barbilla con una mano
y apartando su pelo con la otra, mientras le susurraba que todo iba a salir bien justo cuando cortaba su cuello lentamente, viendo como su sangre salpicaba por su cuerpo y escuchaba algo parecido al crujir de la madera.

Al terminar levantaba su cabeza al techo y extendía los brazos en cruz dejando caer el cuchillo de su mano derecha al suelo. Mientras el suspiraba y reía al mismo tiempo, hasta que su cabeza caía sobre el pecho lleno de sangre aun caliente  de la chica.


Y al lado su madre. Sentada justo a su lado, acariciándole como a un niño, quitándole la sangre de la cara, mientras le acurrucaba contra su pecho y le susurraba ...descansa ahora mi pequeño, mamá está aquí.














Entre un mar de cerezos.


El parque era un mar rosa de flores de cerezo
y con la mirada elegimos un banco de madera cualquiera
con vistas a una lluvia otoñal de hojas ya marchitas.


Ya sentados, me miró con ganas de dejar de hacerlo.
Y soltó mi mano con ganas de seguir sintiendo.
Con una voz seca me dijo que ella no creía en el amor.


Y yo sin más la besé, y la besé, y la seguí besando.
En ese momento supe que se enamoraría tanto de mi,
como miedo tenía a enamorarse.






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