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Artículos de opinión

Poesía escrita y recitada por mi.


Microcuentos IX


Hasta el otoño es un poco hijo de puta
a la hora de olvidarte.
Esas hojas que vuelan de mi cuaderno,
no puede ser casualidad.


&


Puedes escribir un mensaje en una botella 
y tirarla en mitad del océano.
Sabré que eres tú, y que esa carta es para mí.
No por su letra ni por su firma.
Sino por sus puntos, que nunca eran finales...


&


Fuiste todo lo que nunca tuve,
ahora vuelvo a no tenerte.
Y vuelvo a la otra parte faltándome
mucho más que antes de conocerte


&


Tienes 17 minutos (prorrogables)
 para volver a hablarme.
antes de olvidarme de ti para siempre.


&


Pacté con el diablo
y te llamé..
Se puede decir que vendí mi orgullo en vez del alma


&

Invitando a dos copas al olvido

Salí a beberme la ciudad,
le había prometido dos copas al olvido.

A la tercera o cuarta tendría que haberme ido,
yo y mi estúpida manía de alargar
siempre el final.

Eran aproximadamente las 6 de la mañana
sentado en la puerta del bar
cuando ocurrió.

Apenas duró un par de segundos,
le dije tres veces puta
justo antes de colgarle.

Joder...

Nunca había dicho un te quiero más sincero.






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Un lunes a las 10 de la mañana.

A veces me da por sentarme en la cafetería
un lunes a las 10 de la mañana.

Nada interesante ocurre un lunes
en un lugar como este a una hora como esa.

Ahí me doy cuenta que si sentáramos a todo el país
en una cafetería gigante un lunes por la mañana,
apenas habría 3 o 4 temas de conversación.

Unos hablan del fútbol, "joder con el Córdoba,
no se puede jugar así".
Otros hablan de política como si fueran a arreglar
el mundo entre un par de cortados.
El resto juega a las cartas y otros pocos
miran como estos juegan.

Yo sigo a lo mio.
Me termino poco a poco la copa,
y sigo disfrutando de una mesa al fondo
con difícil acceso,
y buenas vistas a toda la sala.

Pasan varias horas.
He escrito un poco en mi cuaderno de mano
-apenas tres o cuatro frases-.

Levanto la cabeza del papel,
y la gente ha cambiado.

Ahora otros hablan de fútbol.
Otros quieren arreglar el mundo.
Y son otros los que juegan a las cartas.

Y entre todo esto,
yo sigo aquí.
Algo mal debo estar haciendo.


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Cariño.

Cariño
olvídate
de
todas
esas
normas
y
ven
a inventarlas
conmigo.



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Sus miedos Poema recitado


Sus ojos

Tenía ojos de gato,
de cristal,
de sol
luna
y amanecer.

Tenía los ojos más bonitos
que jamás he visto con los míos.

Y no eran ni grandes
ni verdes
ni azules.
Eran simplemente suyos,

                                por eso me gustaban.


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Microcuentos VIII

Ella me dijo, quiero hacerte el
amor como nunca te lo ha hecho nadie.
Lo que nunca pensé,
es que ella no hablaba de sexo...



&



Si morir de placer entre tus brazos
fue en realidad
el suicidio de mis miedos.



&




Nunca me gustó el juego.
Aun así aposté que te iba a perder,
y doble mi apuesta en otras camas.



&





Si al infierno
se llega por tus piernas
follemos hasta quemarnos




&

Os juro que no era vicio, era amor

Dije 
tras 
soltar
su
cuello
con mis manos...



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Una de esas noches.

Esas típicas noches con olor a nada.
Una así te fuiste, y a partir de aquella, 
la luna empezó a poner tu nombre
a todas mis mañanas.

Las perdí.

Mis noches empezaron a ser más tuyas,
que todas las anteriores.




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Mi princesa destiñó antes de tiempo

La princesa de mi historia, destiñó antes de tiempo.
Acabé perdido a caballo galopando sus llanuras.
Todo supo a miel y bueno acabó en un intento.
Amar y perderte, lo que le faltaba a mis locuras.

Ahora lucho con gigantes que gritan que el amor no existe
Yo me defiendo con el folio y mi coraza de fina seda.
Prometo amarme a mi, colorear de verde un día triste
No jurar "te quieros" como el que besa jurando una bandera.

Y bueno mi princesa. Ahora nuestro camino se separan.
No te deseo mal, con lo que me costó bajarte del castillo.
Te deseo sentir amor, aprender el valor de palabras la cara.

Voy a ponerlo más difícil, no te daré motivos para odiarme.
Vendrán días peores, aunque ahora digas que soy pasado.
Te doy una vida de ventaja, espero que puedas olvidarme.







Tu falsa inocencia.

Amaba tu vergüenza al mirarme.
Tu mirada sin maldad.
Tus vestidos de cuento.
Tus mejillas a juego con tus labios.

Y aun así,
me engañaste dos veces.

Me engañaste porque supe
que no me querías.
Pero sobre todo,
porque me enamoré
de una falsa inocencia.




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Aun así saltamos...

La palabra amor siempre me quedó grande...
A ti era mi nombre, lo que te quedaba grande.
Y bueno,
los dos caímos en mal de alturas,
a pesar de todo saltamos...

                             al abismo
                                  y sin paracaídas...



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Nuestro Cuento.

Era una de esas noches debajo de las sábanas y con las ventanas abiertas de par en par, cuando desnudos nos mirábamos en nuestro pequeño rincón de poesía. Hasta que empezábamos a besarnos para perdernos en lo más profundo de la cama.

De repente caíamos en nuestro particular mundo escrito a medida. Un mundo donde la nieve dibujaba estrellas que corrían fugaces por el cielo mientras tú y yo corríamos rió arriba con nuestras botas de goma salpicando agua de colores.

La luna se turnaba con el sol cada dos pares de minutos, y nosotros subíamos una escalera de madera para ver el amanecer subido a la copa del árbol más grande de todo el bosque.

Usábamos hojas gigantes de paraguas, arcoiris de columpio y caíamos en cascadas infinitas que nacían de gigantes montañas tapadas por las nubes.

Mientras tanto, el cielo tejía un manto de fina seda. Y juntos bailábamos debajo de la lluvia hasta que la música dejaba de sonar. Corriendo buscábamos una silla para sentarnos, había dos pero a nosotros siempre nos sobraba una.

Cuando dejaba de llover, nos lanzábamos al lago para surcar los mares en nuestro pequeño barco pirata. Y atracábamos a los pies del gran castillo nevado, con torres azules y ventanas alumbradas por cálida luz de fuego.

Corriendo y de la mano, cruzábamos el puente levadizo, y una alfombra roja se deslizaba por nuestros pies subiendo  por una escalera en espiral, que se colaba por debajo de una de las habitaciones del castillo.

Una vez dentro saltábamos una y otra vez sobre la cama para intentar tocar el techo. Y jugábamos a contar las gotas que corrían por el cristal alumbradas por la chimenea, justo a los pies de nuestra cama.

Una, dos, tres cuatro...

Ay pequeña...
Nosotros intentando convencer que existe el amor a aquellos que ni siquiera creen en los cuentos.




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